fragmento de los ascensores bogotanos

Alejandro asencio

Ensayo.png
Pelicula.png
Video.png
Libro animado.png
libro.png
audio texto.png

Elevador, tema inédito compuesto

por Mauricio Asencio

A V., que caminó conmigo

 

FRAGMENTO DE LOS ASCENSORES BOGOTANOS

Alejandro Asencio

breve APUNTE para UNA TEORÍA del ASCENSOR

Cuando Russell Farnsworth compara al dúo musical de Elvis Costello y Burt Bacharach con dos extremos opuestos que se unieron para vitalizar la película Grace of my heart, de Alisson Anders, ubica al segundo en el lounge music, en la música de ascensor: lo facilista de una fórmula de fabricación de éxitos. Elvis Costello, en oposición, es la burla, el punk, la ironía, lo vivo, Shakespeare. En consecuencia, del comentario de Farnsworth se desprende al ascensor como un espacio tibio que merece canciones fáciles y éxitos dictados por una fórmula matemática.

 

Eso es un ascensor; una prefabricación que no amerita un espacio para la pregunta, sino únicamente para la utilidad; un espacio vacío, un punto muerto en la rutina del día.

 

Dejamos de existir brevemente cuando nos subimos a uno (incluso la música no importa: un Elvis Costello no asaltará ese espacio de silencio) y aparecemos arrojados (de repente) al espacio importante, al que fuimos, como si nunca nos hubiéramos dirigido al ascensor. Presionar un botón, esperar, escuchar un posible timbre, sentir que las puertas se abren y caminar hacia él son acciones que no existen ni recordamos.

Tal vez por eso Alejandro Zambra, en su obra Facsímil, ficcionaliza la figura del ascensor en relación con el tópico (?) de que nadie saluda en ellos; ¿quién saludará en un lugar vacío destinado para ser olvidado justo cuando cumple su meta? No obstante, el fragmento de la obra de Zambra extrae al ascensor de su rutina (subir/bajar) para ponerlo como eje de la memoria personal: en el ascensor de su obra se sube una mujer que le dispara a la voz narrativa un recuerdo infantil sobre una niña del colegio. El lenguaje parece desbaratar al ascensor donde nadie se saluda para armar un lugar de intimidad entre extraños que ni se miran. La literatura disloca el subir/bajar que olvidamos porque la arquitectura e ingeniería (la utilidad) interesan menos que el encuentro con un lugar que vuela, aterriza y se sumerge: avión-submarino. El pintor chileno Roberto Matta, en conversación con Elizabeth Burgos, afirma esta necesidad de desarticular la utilidad matemática, la ingeniería precisa de los manuales, pues 

 

con la desincronización de los ordenadores en el año 2000 nos alejamos de la aritmética. Es imposible ya calcular que dos y dos son cuatro. La gente habla de black hole, de agujero negro, pero se equivoca; lo correcto sería decir black whole.

Sobre este todo negro recuerdo que el investigador Santiago Castro-Gómez escribió en su libro Tejidos Oníricos que los procesos de tecnificación y desarrollo que hubo en Bogotá en la década del 20 —cuando no solo llegó el ascensor (el primero en Bogotá fue en 1921), sino también el carro— cambiaron la relación del hombre con él mismo y la ciudad naciente. El automóvil se configuró como un dispositivo en el cual el nuevo ciudadano se hizo dueño de su destino, su camino. La velocidad se apoderó de la cotidianidad. El ascensor no escapa de esta sensibilidad: solo es necesario saltar a la Bogotá de hace un siglo para recordar que era (es) un black whole que abre la posibilidad de significación en tanto condición (en compañía de otros aparatos tecnológicos) de nuevos comportamientos, una nueva experiencia, una forma de habitar la ciudad sin caminar y una velocidad vertical. A propósito, el mismo Roberto Matta dice, como si describiera parte de esta experiencia de los años 20 y que de alguna manera llega hasta nuestros días: “el Yo es un caballo de carreras en un ascensor”.

Por esto mismo, las sensibilidades de la materialidad que median y constituyen nuestra vida cotidiana también pasan por un lenguaje inevitablemente poético. El poeta venezolano Igor Barreto titula su antología personal (y no es casualidad) El campo / El ascensor en el cual se lee en un poema: “También pensé en los albañiles / y constructores. / Un poema de Obra Limpia / siempre quise escribir”.

 

Hay que pensar en el lenguaje de la aritmética y de los ingenieros como realidad sensible que se camina y no como algo estático.

 

Nadal Suau termina este comentario del ascensor tanto música para ascensor como su desarme cuando comenta el libro de ensayos de Sergio Chejfec Teoría del ascensor y afirma:

 

[...] contemplación de los espacios limítrofes, periféricos, íntimos o ausentes [características de un ascensor]; [...] el paseo [subir/bajar] como exigencia para el surgimiento de lo literario; lo anecdótico como disparadero de la reflexión, aunque a menudo no sea lo explícito de la anécdota aquello sobre lo que se piensa, sino más bien lo que se deriva de ella.

En síntesis, pensar sobre lo que se deriva de lo cotidiano de subirnos a un ascensor para cualquier parte, siempre más valiosa que el vuelo.

 

 

LA PELÍCULA COLOMBIANA PASADO EL MERIDIANO (1966) Y EL ASCENSOR COMO PUNTO OPUESTO AL MERIDIANO

Galería

reseña

Augusto es el protagonista de Pasado el meridiano, pero termina por ser un personaje marginado. A los 40 años de edad es ascensorista en una empresa de publicidad y medios. Ocupa ese lugar que —en el marco de Fragmento de los ascensores bogotanos— hemos identificado como un espacio relegado, con una función automatizada e instrumental que es olvidada apenas se cumple.

 

«Meridiano» es la hora del medio día, el punto más alto del sol. El tren del progreso se dirige a este punto. Sin embargo, su viaje bota por la ventana y los rieles a los sujetos que no le pueden seguir el paso, que no hacen parte de la velocidad.

 

Ascensor y ascensorista: tren y sujeto salidos de la misma órbita que los creó. Pasar el meridiano, ahora, no porque se llega al centro —al punto más alto—, sino porque se viaja y se vive la velocidad de la ciudad desde el piso y los lugares marginales.

Pasado el meridiano es una película colombiana de 1965 grabada a blanco/negro en Bogotá y dirigida por el español José María Arzuaga, quien por varios años se radicó en Colombia para desarrollar su carrera cinematográfica. En este largometraje, una carta informa a Augusto de la muerte de su madre. Él pide permiso en su trabajo para poder visitarla en la tumba. Lo importante no es si obtiene este permiso o no, sino que a nadie le importa. Elda, su jefe, pospone el permiso. Desde este momento, perdemos al personaje. Augusto deambula alrededor de los jefes que trabajan en la toma de fotos y la producción de contenido para una campaña publicitaria y no hace parte de las escenas. Si acaso vemos a Augusto, este estorba, interrumpe, realiza una tarea poco importante, vuelve a pedir un permiso que Elda ignora. De manera que, en gran parte de la película, la trama central no parece ser la de Augusto, sino la de los dirigentes de la agencia en búsqueda de un contrato con un cliente para promocionar un alimento en polvo dirigido a la clase baja. Los pobres, por su parte, aparecen fetichizados: imágenes

felices compradas por una empresa con el objetivo de ganar dinero.

 

Así también es Augusto, una mueca que rodea una empresa que lo olvida; una subtrama que lo invade y lo margina. Al final, Augusto puede ir al pueblo donde su madre está enterrada; Augusto se moviliza. Sin embargo, esta movilización no es la del mediodía, sino la de la oscuridad.

 

Toma un tren con un destino que no es el meridiano. Por el contrario, se encuentra con una deuda en la iglesia del pueblo por el velorio y la misa de su madre al tiempo que los curas no le ponen atención y no le dicen dónde está la tumba.

Llama la atención que mientras esto transcurre, en varias partes de la película, Augusto recuerda a una mujer. Son varios los retrocesos que muestran este encuentro: conoce a una mujer en un termal, tiempo después la ve en el Parque Nacional y luego tiene relaciones sexuales con ella en un edificio abandonado. Unos hombres ven a la pareja y Augusto sale corriendo, mientras estos violan a la mujer. Las conexiones entre estos retrocesos y la trama de la película no son claras. ¿Qué tiene que ver esta mujer con el viaje de él hacia la tumba de su madre? No tengo una respuesta clara, pero hablar de ascensor/ascensorista es insertarnos en un lógica capitalista y laboral de la modernidad. Un modernidad veloz que crea enfermedades, lo que Santiago Castro-Gómez llama: sujetos patológicos; la patología de cruzar e ir a un meridiano que es la enfermedad social, cultural, sistemática. Un hombre solitario que camina por su pueblo. A kilómetros de distancia, Bogotá aumentaba su población con personas marginadas que entraban desde acá en un proyecto de ciudad y tecnología que las incluía y las abandonaba.

 

(La presente reseña es acompañada por algunos fotogramas que extraje de la película. En uno de ellos, los jefes —doctores—se suben al ascensor que opera Augusto; es una nariz en la osucuridad, al margen del encuadre mientras las personas adentro hablan de cosas de negocios, de velocidad.)     

 

yolanda y el ascensor:

PERFIL DE una ascensorista

 

LIBRO ANIMADO QUE INTERVIENE EN EL ARCHIVO

DESCÁRGALO

aquí

 

LIBRO FOTOGRÁFICO SOBRE ASCENSORES BOGOTANOS

«

Fuimos en búsqueda de ascensores y nos encontramos con personas

»

 

SANTIAGO CASTRO-GÓMEZ Y LAS TECNOLOGÍAS DE LA VELOCIDAD

Santiago Castro-Gómez es un investigador bogotano de corte filosófico que nació en Bogotá en 1958. Es licenciado en filosofía en la Universidad Santo Tomás, magíster en filosofía en la Universidad de Tübingen (Alemania) y doctorado por la Universidad de Goethe, en Frankfurt. Ha estado vinculado a universidades en Estados Unidos y a la Universidad Javeriana.

Entre varios libros que conforman su obra, nos cuenta en este audio-texto sobre su libro Tejidos Oníricos. Movilidad, capitalismo y biopolítica en Bogotá (1910-1930), publicado en 2009 por la Editorial Javeriana. En él, analiza las tecnologías de la velocidad que empezaron a llegar a Bogotá durante estos años y la influencia sobre el cuerpo y la vida cotidiana, los deseos e ideales de vida de los sujetos bogotanos. Los epígrafes de este texto son de él en el apartado específico sobre la movilidad y la cinetización.

El primer ascensor de Bogotá se construye en frente de la Estación de Ferrocarriles de la Sabana (no es una casualidad) y así empieza Santiago Castro-Gómez, desde la marginalidad del ascensor en medio de otras tecnologías de la velocidad más centrales e influyentes.

El riel y el hilo del telégrafo arrebatan al tiempo sus alas y las fijan en la tierra para acrecentar la vida con la celeridad del movimiento.

Miguel Samper

Los relojes pierden el tiempo.

Luis Vidales

Esta reflexión se enmarca en la modernización que sufre Bogotá en las décadas de 1910 a 1930: el nuevo sujeto citadino.

Entonces, ¿cómo cambia el cuerpo del bogotano?

En este sentido, Bogotá y su construcción de sí misma vivía una velocidad que no había experimentado antes.

La relación con la máquina que ha permitido la construcción de Fragmento de los ascensores bogotanos la dice Santiago:

Un proyecto de Alejandro Asencio elaborado en la Pasantía Directo Transmedia de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, bajo la dirección del profesor Carlos Obando A.  

 

Todo el contenido se desarrolla bajo el sello editorial de Samota Libros para Directo Bogotá.

Agradezco a Mauricio Asencio por su composición que ambienta este subir/bajar y a Valentina Rodríguez por volverlo imagen.

Gracias a los administradores de los edificios que nos autorizaron para materializar este proyecto

y los que permitieron que me acercara a hablar con ellos sobre ascensores.

[Los botones interactivos del inicio son de @Omelapics, en Freepik.com]

 

[Contacto: aasencio@javeriana.edu.co]