Janeth, Daniel y el Ojo al Sancocho: la lucha por democratizar el cine

Actualizado: may 6

Janeth Gallego y Daniel Bejarano no son de Potosí ni de Ciudad Bolívar. Ambos llegaron al sur de Bogotá por cuestiones de la vida. Su camino ha sido de andariegos, soñadores y trabajadores. Esta es la historia de cómo nació uno de los festivales de cine comunitario más importantes de Latinoamérica. Crónica narrada en primera persona del libro: Potosí: historias de la creación artística en la periferia de Bogotá.

Daniel Bejarano y Janeth Gallego en el Instituto Cerros del Sur. Ilustración de Sebastián Márquez @streetmarkdesign

Llegamos a Bogotá desde Armenia. Éramos tres: mi mamá, Rubí Alba Betancourt, mi hermano, Edgar Gallego, y yo, Janeth Gallego. Mi padre estuvo en algunos momentos de la vida, dándoselas de buen papá, decía mi madre, porque en realidad nunca hizo parte de nuestra familia. Ella trabajó en oficios varios: aseo de casas, de oficinas, de cocina, cuidado de casas quintas, en fin. Siempre estaba al frente, andando por todas partes para sacarnos adelante, yendo de lugar en lugar para buscar oportunidades.


Mi mamá recorrió todo el Eje Cafetero y el Viejo Caldas hasta que llegamos a la capital. Yo nací en Aguadas, Caldas. De ahí, fuimos para Castilla, luego pasamos a Salamina, después vivimos en Chinchiná, en Manizales, en Armenia, en Montenegro, en La Tebaida y en Circasia. Volvimos a Armenia y terminamos en Bogotá, en el barrio Nueva Argentina de Ciudad Bolívar.


Abandonamos Armenia por el terremoto de 1999, en ese entonces yo tenía 15 años. La situación se puso muy complicada y mi mamá no encontraba trabajo. En ese momento, un amigo le dijo a mi madre que viniéramos a frentear la situación a Bogotá. Así fue que terminamos acá. De cierta manera, mi mamá siempre huyó de su familia y de mi papá. Cuando nos asentábamos en algún lugar, terminaban llegando. Ella me decía que no le gustaba la forma de ser de ellos. La verdad, son unas personas bien pesadas y machistas. De tenerlos cerca a no tenerlos es casi lo mismo, no hay mucha diferencia.


Recuerdo que el día del terremoto mi mami no fue a trabajar porque me iba a acompañar a terminar unas agendas que estaba haciendo. Mi hermano también estaba en la casa, en descanso del servicio militar obligatorio. Acabábamos de almorzar fríjoles, me acuerdo. Mi mamá fue a la cocina a cerrar la olla exprés. Yo había ido a mi cuarto y mi hermano estaba en la sala. Cuando empezó a moverse la tierra, no fue algo normal. En ese momento, yo había cogido la puerta del mueble para buscar la ropa y lo primero que pensé fue: “Uy, la puerta se dañó”. Mi mamá estaba poniendo la olla sobre la estufa y, cuando empezó a temblar, dijo en voz alta: “¿Aquí qué pasa?”. Menos mal la olla tenía tapa, si no, se habría regado encima los frijoles hirviendo.


Todo empezó a destruirse, las patas de las sillas se rompieron, los cuadros se cayeron de las paredes y de fondo se escuchaba a los perros aullar. La tierra crujía y sonaba extraño, como si el piso se rompiera desde lo más profundo. Vivíamos en un segundo piso, en una casa que estaba justo en el linde de un cafetal. Había palos de café sembrados alrededor y, más abajo, una quebrada que lindaba con otro barrio. Cuando pasó el terremoto, nos asomamos por la ventana. Había mucho polvo, como si una estampida de elefantes hubiese pasado. No se veía nada. La gente nos gritaba: “¿Ustedes qué hacen trepados allá? ¡Bájense!”.


Cuando salimos de la casa y bajó el polvo, miramos a los otros barrios y solo se veían ruinas. Fue una sensación de mucho dolor. Ese día nos quedamos en la casa, pero incomunicados. Yo realmente no estaba asustada, pero sí me sentía en riesgo porque las réplicas siguieron hasta la noche. No podíamos hacer nada porque la tierra se movía todo el tiempo y las personas, del pánico, corrían otra vez a la calle. Teníamos incertidumbre de saber qué pasaría. Además, era muy inseguro quedarse dentro de las casas.


La comida empezó a escasear. Lo poco que quedaba en las tiendas, lo vendían a un precio muy alto. Después de 12 o 13 días, completamente incomunicados, una familiar de nosotros, que vivía en Pereira, nos contactó para irnos. Estuvimos por varios pueblos, pero teníamos que regresar porque iban a reiniciar las clases. El colegio donde yo estudiaba también se cayó, no completo, por partes. Era un edificio de cinco pisos y las escaleras quedaron separadas de los bloques. Ese colegio fue reubicado y se construyó de cero.


Al frente de la casa vivía una vecina que estaba embarazada. El día del terremoto ella salió a comprar algo a la tienda. Cuando volvía a su hogar empezó a moverse la tierra. Se asustó tanto que se cayó feo. Desde entonces, le dolió todo el cuerpo, pero le tocó esperar casi un mes para ser atendida por los médicos porque los hospitales colapsaron. Luego, cuando nació la niña, tuvo un problema en sus pies y la operaron. Alrededor de mi casa pasaron muchísimas cosas, tantas, que pensaba: “A mí no me pasó nada, no me cayó ni una porcelana en la cabeza. Ni siquiera se regaron los frijoles”.


Cuando la situación se volvió insoportable, mi mamá tomó la decisión de venirse para Ciudad Bolívar. Llegamos acá porque la persona que nos ayudó a instalarnos en Bogotá conocía Candelaria La Nueva.


Estuvimos en Bogotá para Navidad. Llegamos a la capital como a las tres o cuatro de la mañana después de viajar día y medio por carretera. Hacía mucho frío y teníamos un hambre horrible. Nos dimos cuenta de que estábamos en una lomita, y se sentía que la ciudad era muy grande, pero estaba muy oscuro y no se veía bien, era como tener los ojos vendados. Más tarde, cuando amaneció, vimos ese lugar gigante que jamás habíamos imaginado. Fue un choque bien fuerte. Nos adaptamos a todo, excepto al frío.


Toda mi ropa eran vestidos, shortcitos y pantaloneticas; mis camisas eran súper escotadas y no tenía sacos. Cuando me ponía uno, me molestaba. Me incomodaba usar ropa diferente a la que estaba acostumbrada. Recuerdo que era imposible calentarme los pies.


Como no sabíamos que tocaba inscribirse en el colegio con unas semanas de anticipación, me quedé sin estudiar hasta Semana Santa ya que conseguimos cupo en un colegio en la localidad de Kennedy. Tenía que levantarme muy temprano y coger un bus repleto para irme sola hasta allá. En Armenia se llenaban, pero no como aquí. Me sentía insegura porque el autobús tenía una ruta que llevaba al lugar, pero a veces se desviaban. Siempre pensaba: “Por qué estamos dando la vuelta por aquí, por qué da la vuelta por acá”. También me sentía mal por cómo me miraban los hombres. Creo que pasa lo mismo en Armenia, pero allá sabía a dónde correr. Aquí me sentía insegura y si me pasaba algo, no sabía a dónde ir.


Me la pasaba encerrada. Me acuerdo una vez que salí a la tienda y estaba haciendo mucho viento. Ese día había unos chinos jugando en la calle. Yo no tenía ropa tan adecuada, iba en falda. Cuando estaba afuera, empezó a hacer viento muy fuerte y los muchachos gritaban: “¡Sopla viento, sopla viento!”. Llegué a mi casa muy asustada. Le decía a mi mamá que me sentía muy rara en Bogotá y que tenía miedo. Sin embargo, fue peor una vez que salí al centro. Creo que mis faldas eran muy cortas y una vez que iba por la carrera séptima, se aproximó un chico y me dijo: “Uy, qué piernas tan lindas”. El man se acercó aún más y me las quería tocar. Yo solo pensaba que la gente en Bogotá era muy abusiva. Me parecía que era muy paila y pensaba: “Esta no es la ciudad soñada que imaginé”.


Todo el mundo idealiza Bogotá. Por eso es que hay tanta migración hacía acá. La gente desplazada sueña con que van a encontrar un paraíso distinto a lo que les tocó vivir, pero nada que ver.


Cuando entré al colegio, todos mis compañeros habían crecido juntos y tenían amigos. Yo estaba sola. Fue una época en la que me tocó pensar mi vida muy conmigo misma. La gente en la ciudad crece de otra forma, yo venía de un pueblo. A mí me parecía que mis compañeros no tenían mi edad. Sentía que tenían cuatro años más. Ellos pensaban cosas que yo no tenía ni idea. Se escapaban de clases y se iban a jugar pico botella a las casas de los amigos, tomaban trago y también eran re vulgares. Se burlaban de mí porque lo único que me atrevía a decir era: “Ay, mariquis”. Me decían todo el tiempo: “No, paisa, lo dice o no lo dice. Dígalo completo, no se las dé de santa”. Me decían que yo era mojigata y que me tapaba mucho. Sentía que no encajaba y que no era parte de esta ciudad.


A veces me iba con ellos. Parchaban hasta tarde y para que no los regañaran sus padres, decían mentiras. Yo pensaba que debía ser más chévere poder tener la confianza en la casa para decir que uno se quedó un rato con los chinos farreando después de las clases. Hoy pienso que esa falta de honestidad se debe a que esas familias son muy desestructuradas. Además, no había tiempo para los hijos porque los papás siempre estaban trabajando y cuando uno llegaba a la casa no había nada para hacer. Hoy en día analizo ese contexto y pienso: “Con razón a estos chinos no les gustaba llegar a la casa”.


Como no me sentía a gusto en mi colegio, muchas veces pensaba en lo que quería hacer en mi vida, y ese pensamiento, de una u otra forma, me llevaba al terremoto. En ese momento, aunque no vi la muerte de frente si alcancé a sentir que me podía morir y eso, a los quince años, me cambió la perspectiva. Vi gente que perdió su casa o su carro y ahí les quedó su proyecto de vida. Después de ver eso me pregunté si lo que quería en mi vida era tener plata para conseguir un bienestar o quería realmente ser feliz. Así que me puse a buscar actividades para hacer en el barrio.


Un día, fui al supermercado y vi un letrerito que decía: “Inscríbase a los talleres de actuación”. Me grabé el número en la memoria y les marqué. A los pocos días fui. Es una organización que se llama Fundación El cielo en la Tierra y era de creencias marianas, pero era muy chévere porque les enseñaban a los niños a dibujar, a actuar y hacer actividades muy diferentes a lo que había en la cotidianidad de la localidad.


Como era más grande que el resto de niños, yo acompañaba a una profesora que daba clases de dibujo y les enseñaba a los chicos todos los métodos técnicos. Por ejemplo, qué era el primer, segundo y tercer plano para explicar qué tan lejos se ve un objeto o que si se pinta con un color mucho más fuerte al fondo, se puede percibir que hay una distancia y una profundidad.


Yo le ayudaba a alistar los materiales y asistía a algunos niños que me pedían ayuda para dibujar una línea, una bolita u otro tipo de cosas sencillas. Un día, la profe no fue y uno de los encargados de la fundación me dijo: “Bueno, Janeth, hoy no viene la profe. Te tocó dar la clase a ti sola con los niños”. Me quedé mirándolo porque creía que era un chiste y no dije nada. Él me repitió: “Es en serio, Janeth, te toca dar la clase”. No sabía qué hacer, pero me tocó aceptar y dar la clase.


Sentía que los niños llegaban muy cargados a clase y se empujaban, pegaban y molestaban. En cierta medida, decirles que se quedaran quietos no era la solución porque sabía que estaban ofuscados y no iba a funcionar. Si se comportaban así, era por algo. Así que les dije: “Bueno, vamos a pintar nuestra emoción más significativa de la semana, pero solo con un color”. A mí me temblaba todo, hasta el pelo. Los chinitos empezaron a dibujar. Primero, les hice un ejercicio de respiración para que estuvieran tranquilos y pensaran en sus emociones, cualquiera de ellas. Esa idea fue muy intuitiva, la saqué del alma. Cuando terminaron, les indiqué que íbamos a compartir sus dibujos con los demás.


Les mostré mi dibujo y dijeron que lo hice rojo porque en mi casa me pegaban o porque mi hermano no me respetaba. Afirmaron un montón de cosas que me hicieron pensar que de alguna forma yo pude haber tocado o abierto unas heridas que ellos tenían gracias a un dibujo. Hoy pienso que fue un acto muy humano, pero también de mucha irresponsabilidad porque esos ejercicios no se pueden tratar a la ligera.


En ese entonces, interactué más con ellos y después de que terminábamos las clases, íbamos al parque. Algunos niños de los que no habían hablado en el momento de compartir los dibujos se acercaban a hablar conmigo de lo que pasaba en sus casas y no me contaban cosas bonitas. Yo miraba a algunos montar columpios, otros correr y pensaba: “Pobres chinos, cómo mantienen recargados sus vidas”. Me sentía triste porque pensaba que habría sido mejor decirles que pintaran un carro de diferente color y ya, pero eso fue lo que me surgió en la espontaneidad del momento. Eran historias que escuché durante mi infancia y, tal vez de forma ingenua, imaginaba que eso no les pasaba a los niños en Bogotá. Me preguntaba: “¿Dónde están los niños felices que me prometieron de esta ciudad?”.


En esa fundación conocí a Daniel. Él era el profe de teatro y también estaba haciendo unos productos audiovisuales para Canal Capital. Yo empecé a acompañarlo porque me gustaba la actuación. Al mismo tiempo que estaba en la fundación, me inscribí a un grupo de teatro en Ciudad Bolívar de la Universidad Distrital, aunque solo duró un semestre. Me invitó una amiga que estudiaba actuación en la ASAB. Recuerdo que hicimos una obra de teatro sobre el caos que se vivió el día del Bogotazo. Para mí, fue como encontrarme con una realidad social desconocida. Esa obra me hizo pensar que el arte realmente tenía que tener un sentido más allá del momento de la puesta en escena, tenía que entrar en las realidades sociales de nuestro país. Hoy pienso que me integré en los talleres de la fundación en los que estaba Daniel porque sentía que él, de alguna forma, también buscaba eso.


Gracias al teatro empecé a sentirme parte de la ciudad. Me encontré gente de la localidad con historias parecidas a la mía y tuve otra clase de amigos. Me cambié a un colegio que estaba en Ciudad Bolívar y pasaba más tiempo en la fundación. Estaba rodeada de otros locos que pensaban igual que yo. Esas cosas que había visto en Armenia, de que lo importante en la vida no era conseguir dinero o un trabajo, también las pensaba esta gente. El objetivo de la vida no era ponerse a estudiar algo que diera dinero sino la oportunidad de ser una misma, de ser feliz y compartir con otros.


Mi mamá siempre decía que había que conseguir trabajo y estudiar algo que diera plata. Así que cuando me veía andar con mochileros, todos mechudos, ella sentía que yo no iba para adelante. Mi madre también era víctima de prejuicios muy fuertes. En Ciudad Bolívar ser joven es un estigma. Como mis amigos eran mechudos, mi mamá decía que esa gente no hacía sino fumar. Pensaba que me decía esos prejuicios, no por ella, sino por la vecina que le dijo que tal persona hizo esto y la otra persona hizo lo otro.


Lastimosamente, el grupo de teatro se acabó muy rápido, pero seguí con la Fundación El cielo en la Tierra. Cuando me gradué del colegio, viajé de vuelta a Armenia porque tenía una amiga que iba a cumplir 15 años. No sabía cuándo iba volver porque quería asegurarme un trabajo, pero justo en ese momento me llamó Daniel y me dijo: “Oye, acá en la fundación salió un proyecto. Tú podrías ser una de las personas dentro de los procesos de formación. Ellos te hacen un aporte económico mínimo para que te puedas mover”. Me explicó que era un proyecto de fortalecimiento de iniciativas juveniles para potencializar lo que los jóvenes piensan y el pago realmente alcanzaba apenas para subsistir, pero no me importaba así que acepté de una.


En ese momento, mientras trabajamos en los procesos de formación, Daniel también hacía unos trabajos de edición en los que yo lo ayudaba. Ahí empecé a pasar mucho tiempo con Dani. Todo el tiempo de arriba pa’ abajo. La sede principal de la fundación queda en el barrio Nicolás de Federmann así que los dos íbamos desde Ciudad Bolívar y regresábamos juntos. Hablábamos mucho más y nuestra situación se volvió diferente.


Hasta ese entonces, Daniel había sido mi único amigo. Recuerdo, por ejemplo, una compañera que tuve en el colegio con la que éramos cercanas. Ella era más tranquila que los otros porque era cristiana. Un día me invitó a su iglesia y fui. Yo no era cristiana, pero estaba en ese proceso de encontrar mi lugar en el mundo, aunque allá tampoco fue, me sentía como mosca en leche. Le dije a Dani que me acompañara porque era lejos de donde yo vivía. En ese momento, apenas nos conocíamos.


Daniel me acompañó dos o tres veces. Avancé de nivel en la iglesia y me iban a mandar a un grupo más cerca de la casa, sin embargo, me dijeron que no podía volver a ver a Daniel porque no podía tener amigos mechudos. Pero eso no iba a pasar, era imposible, él era el único amigo que tenía. Era renunciar a mi amigo o quedarme con la religión. Para mí fue fácil tomar la decisión, la religión no me estaba dando lo que yo quería en mi vida.


Siempre vi a Dios y la religión de una forma diferente. A mí no me pueden imponer o decirme cómo ver a un Dios, y creo que eso viene de mi infancia, cuando íbamos con mi mamá de lugar en lugar. Éramos muy chiquitos y mi madre empezó a trabajar en la iglesia con los párrocos de la casa cural de Aguadas, Caldas. Había resto de curas en ese espacio y por la noche siempre se escapaban de rumba. Mi mamá les abría la puerta de la casa a las dos o tres de la mañana y siempre llegaban borrachos. Por las mañanas olían a cerveza. Para mí, los curas siempre fueron seres humanos normales.


También me acuerdo que se comían los pedazos de las hostias que quedaban. A veces me llamaban junto con mi hermano y nos decían: “Estas hostias se van a pasar, cómanselas aquí o vayan y buscan mantequilla para echarles”. Así que mi relación con la religión era totalmente diferente. Los veía en esa vida cotidiana jugando y actuando a ser curas. Cuando mi papá llegó a pedirle otra oportunidad a mi mamá y empezó a fastidiarla, nos fuimos a la casa cural en el corregimiento de Castilla en Pácora, Caldas. Allá conocimos un padre que había embarazado a la señora que lo ayudaba con el aseo.


Así que cuando me pusieron a escoger entre mi amigo y una religión que quería imponerme cosas, no dude. En la Fundación El cielo en la Tierra había mucha libertad y, sobre todo, siempre sentí que Daniel era una persona con la que yo compartía pensamientos parecidos en la vida. Él fue mi gran amigo durante mucho tiempo, pero cuando me llamó para trabajar en el proyecto de fortalecimiento, empezamos a ser novios.


Yo no lo veía como un maestro idealizado, sencillamente era el profe. Sus clases eran de teatro y le ayudaba a uno a centrar las emociones, a pensar cómo íbamos a hacer una escena en la que mostráramos, de cierta forma, nuestra libertad. Eran actividades muy introspectivas y esas clases me encantaban porque me ayudaban a encontrarme, a reflexionar y a pensar colectivamente.


Aunque lo consideraba como mi amigo, a él le dio por enamorarse. Se tiró la amistad. Él me empezó a decir que tuviéramos una relación, pero al principio me negaba. En cierta medida, sentía que deberíamos seguir siendo amigos. Hoy, sé que ha sido muy significativo para mi vida. Estaba acostumbrada a ver a Dani como mi amigo, me encantaba escuchar sus historias, ayudarle, acompañarlo y después todo se puso raro.


Cuando empezamos nuestra relación, sentíamos que era momento de hacer algo más. Un colectivo que fuera más allá. Ahí nos integrarnos con otros compañeros, como Felipe Ávila y Alexander Lloza que también se estaban pensando la idea de generar otra organización. Así, poco a poco, construimos Sueños Films. Daniel, Felipe y Alexander integraron la Mesa Local de Juventudes y a acompañaron otros procesos locales y culturales. De esa forma conocimos a otras personas y nos relacionamos a nivel local con otros proyectos. Además, Daniel decidió abandonar la Fundación el Cielo en la Tierra y empezar un proyecto común con otros amigos y conmigo.


Por esa época, también decidimos tener una familia, así que comenzamos a vivir juntos. En ese momento, llegó Marcela Rodríguez, una persona muy cercana a nuestros proyectos, quien trabajaba en la Alcaldía de Bogotá y nos dijo: “Oiga, ustedes son muy pilos y muy bacanos, deberían, con eso del audiovisual, postularse a un proyecto grande que yo tengo”. De ese modo, en el 2005, nació Sueños Films Colombia, la productora de cine comunitario y participativo que fue la semilla del Festival Internacional del Ojo al Sancocho.


***


A Janeth la conocí porque ella tomaba clases de actuación y teatro que yo daba en la Fundación El cielo en la Tierra. Ese taller después se convirtió en actuación para televisión de una serie que se llamó Historias Vitales que se emitió en Canal Capital. Ahí nos conocimos. Primero tomó los talleres de actuación y más adelante hizo algunos cortos. Ella actuaba, escribía y dirigía.


Fuimos amigos dos años y medio. La vaina no fue inmediata, pero cuando vine a vivir a Ciudad Bolívar, sabía que acá iba a estar la persona para compartir la vida. Yo decía que no quería una persona del norte, ni del centro, ni tampoco de Bogotá. Estaba seguro de que quería construir una familia con alguien de afuera, de las regiones. En mi vida todo lo proyecto a cinco, diez o veinte años.


No nací en Ciudad Bolívar, me habría gustado, pero no, nací en el San Ignacio, al lado de la Universidad Javeriana. De niño, mi mamá me dio un paseo por toda la ciudad. Ella decía: “Daniel, jamás vamos vivir en Ciudad Bolívar porque es muy peligroso”. Por esas palabras creo que crecí queriendo ir al peligro, y así ha sido toda mi vida.


Mi mamá tuvo muchos problemas económicos. Ella tiene una historia bien particular, fuerte y muy triste. Estuvo secuestrada por las mafias en Medellín como 12 o 14 años. Cuando logró recuperar su libertad, comenzó a rehacer su vida cuando ya tenía 30 años y vino a vivir a Bogotá. Cuando mi mamá se adaptó a este frío, a esta ciudad y a la sociedad normal, aunque en realidad no sé cómo se llama esta vaina, nací yo.


Ella no quería tener hijos, pero cuando supo del embarazo, dice que lo tomó bien. En ese primer momento de mi vida, mi mamá vivía con muchos nervios porque tenía bastantes enemigos. Teníamos que cambiar cada 15 días o cada mes el lugar de residencia. Así pasé mi infancia entre Chapinero, Barrios unidos, el Siete de Agosto, Galerías, Suba, Usaquén, Las Cruces y Kennedy, que fue, este último, lo más al sur que vivimos.


A mis seis años hubo un acontecimiento que me cambió la percepción de la vida. Cuando el M-19 iba a tomar el Palacio de Justicia, unos días antes, ellos intentaron matar o secuestrar a un cura, realmente no sé cómo era la vaina. Yo estaba en la misa en la que sucedió ese cuento, con mi mamá y mi hermana, que era una bebé recién nacida. Cuando mi madre vio a los guerrilleros, se asustó. Intentó salir de la iglesia y la agarraron. La hicieron arrodillar mientras cargaba a mi hermana en sus brazos. A mí me pusieron un fusil en la espalda mientras me gritaban que no me moviera. Sentí que hasta ahí había llegado todo, que ahí se había acabado mi historia y eso fue interesante. Creo que ahí perdí la infancia, en el sentido de que comencé a tener un raciocinio de la realidad. Adquirí una conciencia que no sé si es normal para un niño de seis años.


La infancia que perdí, me la salvó, en cierta medida, el cine. Una cosa que le agradezco a mi mamá es que me llevó a ver películas desde que nací; literalmente desde que tenía uno o dos meses. Mi madre me llevaba junto con mi hermana a los matinales porque ella fue extra en una película y nos llevaba a verla. Su sueño fue ser actriz, pero no lo logró. Esos matinales presentaban varias películas de corrido los domingos. Pasaban mucho el cine mexicano, pero también las cintas de Alfred Hitchcock, que a mi mamá le fascinaban. Veíamos esas películas de terror y mi mente comenzó a imaginarse muchas cosas de la realidad que yo vivía como si fueran una película.


Así que siempre he recordado, como si estuviera en el cine, la imagen de los guerrilleros que me ponían una ametralladora en la espalda. Yo estaba muy impresionado porque, de cierta forma, sentía que no haber muerto ese día significó tener otra oportunidad. Después de vivir eso, le dije a mi mamá que me enseñara a leer porque quería enterarme de lo que pasaba en el mundo. Me acuerdo que me la pasaba con ella en la calle. Andábamos por el centro de Bogotá y yo veía que mucha gente leía el periódico o se detenía a leer los titulares en las casetas que había sobre la avenida 19. Me preguntaba: “¿Qué lee la gente? ¿Qué es eso? ¿Por qué la gente lee ese papel?”. Cuando mi mamá me enseñó, comencé a leer los periódicos, las revistas y todas las vainas que había en esas casetas.


Me enteré de lo que pasaba en el país y fue difícil. Había un periódico que se llamaba El espacio; recuerdo que un día lo cogí y me puse a leer en voz alta. Leí que a un señor que iba saliendo de una joyería, le habían metido nueve balazos en un atraco. Mi mamá se quedó callada un momento y después me pidió que leyera de nuevo el nombre del muerto. Era su hermano, uno de los que ella tenía y que nunca conocí. Lo asesinaron por robarle plata y nos enteramos por un periódico que había en una caseta. Conocí a mi tío en una noticia. Fue muy difícil porque mi mamá no lo veía hace mucho tiempo y enterarse de esa forma, le dio duro.


En medio de esas tristezas, creo que uno de los momentos más chéveres de mi infancia, fue cuando vivíamos frente a la Universidad Nacional, en un barrio que se llama El Recuerdo. Estudié parte de la primaria en el colegio que detrás de la Lotería de Bogotá entre la avenida 26 y la carrera 30. A mi mamá, en el fondo, le daba la misma que yo estudiara o no porque no cree en la educación tradicional. Por eso, al final, ella me enseñó a leer. Me decía: “Si usted quiere pasar el año bien y si no, haga lo que le dé la gana”. Entonces jugaba fútbol todo el tiempo, era arquero, me acuerdo. También pasaba mucho tiempo en La Nacional ayudando a los pelaos que hacían las papas bomba. Con 10 o 12 años me les pegaba a ellos y me iba para las manifestaciones. Fue chévere esa época, un momento de acceso a nuevas perspectivas.


Mi mamá era, y es todavía, como chiflis. Cuando nací, ella aceptó criarme, pero no estaba dispuesta a tener más hijos. Así que cuando nació mi hermana, mi mamá se la encargó a otra señora. Mi hermana tiene dos mamás. Lo mismo pasó con mi siguiente hermano, pero a él lo mandó a una especie de internado. Ese niño creció sin papá y sin mamá. Hoy en día, mi madre y mi hermano están intentando recuperar esa relación que no fue y viven juntos hace tres años.


A mí, a los 12 o 13 años, mi mamá me consiguió una familia que me adoptó. Ellos eran parte de un grupo católico de izquierdosos. Muchas personas de ese grupo estaban escondidas porque las perseguían para matarlas. También había gente intelectual en ese combo, que había intentado hacer una especie de comunidad hippie. Mi madre tenía un amigo dentro de esa vuelta. Era un fotógrafo australiano que se llama Felipe Townsend. Ella simplemente le dijo a Felipe: “Mi hijo ya no puede estar más conmigo, recíbalo”, y él aceptó.


A partir de mi adopción, comencé a estudiar bastante. Terminé el bachillerato con ese grupo religioso, pero, al mismo tiempo, también estudiaba psicología, sociología, teología, agricultura, entre otros temas. Nunca perdí contacto con mi mamá y en la actualidad hablamos en ocasiones. Viajé con esa comunidad católica por muchas partes del país y en ese proceso descubrí que mi camino era ser monje. Quería serlo porque sentía que era una forma de poder servir a la gente, romper los ciclos de violencia y, en cierta manera, ayudar a las comunidades. Así que me instruí para ser monje, pero al mismo tiempo conocí a una chica, entonces abandoné ese camino.


Fuimos a vivir juntos a Suesca, que está a poco más de 60 kilómetros de Bogotá, pero solo duramos un par de meses. La vaina no funcionó porque yo sentía que era muy joven para empezar a vivir con alguien. Antes había conocido otras mujeres, pero ella fue el primer amor profundo que tuve, por decirlo de algún modo. Nos separamos, además, porque quería ponerme a estudiar, así que me devolví a Bogotá y entré a psicología y a cine.


Cuando llegué a la ciudad otra vez, tuve un amigo que se llama Daniel Ariza. Él es actor y en ese entonces le estaba yendo muy bien, era famoso porque salía en una novela de televisión. Nos hicimos amigos porque yo empecé a trabajar en una agencia de empleos como asistente y él llegó allá un día. Nos pusimos a hablar y él me contó que estaba haciendo una escuela de cine que se llamó “Cine pa’ tv” con un fotógrafo de cine que se llamaba, porque ya murió, Jorge Cifuentes. Daniel me invitó a participar en la escuela que quedaba en la 24 con quinta, al frente de la Biblioteca Nacional. En esas épocas, en Bogotá, se fundaron varias escuelas como la de Augusto Bernal, Black María; la escuela de los Sánchez; la escuela Lumière. De ese modo, empecé a trabajar en Cine pa’ tv como asistente, y aprovechaba para estudiar cine y teatro ahí mismo.


Al estudiar cine en esa escuela, me pregunté: “¿Quién o cómo se hace el cine en Colombia? ¿La gente del común puede hacer películas?”. Los profesores me decían que para una película se necesitaban 500, 1000, 2000 o 3000 millones de pesos. Yo, que he vivido toda la vida vaciado, pensaba que era mucho dinero para hacer un solo largometraje. Venía a mi cabeza la gente que me encontraba a diario, los vendedores ambulantes, la mesera del restaurante, el conductor del bus ¿Esa gente puede hacer cine?


Comencé a investigar y encontré a Martha Rodríguez y a Víctor Gaviria. Ellos hacen un cine social y está bien, pero son directores y graban la realidad a su manera. Yo me preguntaba, más bien, si el actor de Chircales podía ser el que hiciera la película o si la actriz de La vendedora de rosas podía dirigir y hacer su propio largometraje. Había pocas o nulas experiencias y ese fue el momento en que decidí dejar de estudiar cine.


No quería estudiarlo bajo esas circunstancias, sino que me interesa más investigar cómo hacer un cine más participativo, con la gente del común. En ese momento, conocí a una persona que entró a estudiar en Cine pa’ tv y que se convirtió en uno de mis mejores amigos. Es curioso cómo la vida le va dando las cosas a uno. Ese man era músico, pero se terminó metiendo a estudiar cine. Un día, me estaba contando que todos los sábados él iba a Ciudad Bolívar a donar unas clases de música para niños a una fundación que se llama Los Ángeles. A mí me sorprendió y le dije que me le pegaba, que no conocía Ciudad Bolívar, pero que contara conmigo.


A los días de haber hablado, exactamente un sábado, allá estábamos. Fue bacano porque llegué a darles clases de teatro a niños entre 10 y 12 años. Cuando terminamos la sesión, esos chicos quedaron contentos. Ahí vi la luz. Como yo venía de esa concepción católica del servicio, en ese momento, sentí que había encontrado mi camino. A partir de ahí, pensé: “Aquí me quedo, aquí está el lugar donde estoy cómodo y donde puedo servirle a la gente”. Sentí que había que dar el paso y, como así he sido toda la vida, me guié por la intuición. Cuando volví ese día a casa, estaba tan feliz que tomé la decisión de renunciar a Cine pa’ tv.


A los días ya estaba en Ciudad Bolívar otra vez. El primer día que fui, mis amigos me llevaron en carro. A la semana, me tocó ir solo. No sabía cómo llegar, ni qué bus tenía que coger. Me acuerdo que esa segunda semana me puse un traje súper elegante, como de artista, y llegué a un barrio que desconocía, pero que hoy sé que es Candelaria La Nueva. Me asusté pensando que me iban a secuestrar o que me iban a robar. Estaba totalmente desubicado, no sabía hacia dónde era el norte, el sur, ni el occidente. Finalmente llegué preguntando a la gente. Di mi segunda clase y, a partir de ahí, comenzó todo. Les dije a mis amigos que tenía en la fundación que quería quedarme en Ciudad Bolívar, que me parecía bien venir los sábados, que eso era activismo, pero que creía que uno tenía que estar con la comunidad todo el tiempo.


Armamos un parche de ocho o nueve personas y nos vinimos a vivir a Ciudad Bolívar. Todos éramos católicos, la mayoría gomelos, pero chéveres. Eso fue a finales del 99 e inicios del 2000. Comenzamos arrendando una casa en la parte baja de la localidad porque antes era muy peligroso subir y nos tenían prohibido ir a la montaña. Al inicio, hicimos procesos de cine y videos participativos, cortos muy sencillos con la comunidad. Después un tiempo decidimos que era necesario hacer nuestra propia fundación. Creíamos que éramos una misión de monjes que Dios había mandado para evangelizar Ciudad Bolívar.


La ruptura con la fundación Los Ángeles también se dio porque eran muy radicales, pero hacía el otro lado del nuestro. Nosotros nos sentíamos revolucionarios y ellos eran conservadores. Incluso, he escuchado que ahora son del ala ideológica de Alejandro Ordoñez. Así como existe en la política la derecha y la izquierda, en el catolicismo también hay diferentes posturas. Entonces arrendamos una casa grande y la llamamos Fundación El Cielo en la Tierra. Empezamos a vivir en ella y a organizar los talleres de cine, teatro, artes y yoga.


En lo que mejor nos iba era en el cine. Eso era innovador, casi nadie hacía eso. Había una o dos experiencias muy efímeras de procesos donde se hicieron talleres, se trabajó con los chicos e hicieron una película, pero nada más. Nosotros, al contrario, estábamos todo el tiempo en el territorio. Eso llamó la atención de muchos jóvenes y de mucha gente que se quería meter al mundo audiovisual.


Nosotros hablábamos con los chicos que llegaban a la Fundación El cielo en la tierra. Ellos nos daban muchas quejas de que sus papás les metían unas palizas terribles durante la semana. En ese tiempo no había YouTube, ni redes sociales, el espacio de la comunidad, la plataforma de esa época, era el canal comunitario. Ahí mostrábamos los cortos hechos por los muchachos, por los niños. Eran películas de cinco o tres minutos y las tramas eran las historias de vida de los niños y la violencia intrafamiliar que sufrían.


Cuando los papás veían a sus hijos en el canal comunitario se alegraban mucho. Se ha creado el imaginario de que quien sale en televisión es famoso, por eso sentían que sus hijos eran estrellas. Nos dimos cuenta de que algunos papás comenzaron a querer más a sus hijos porque salían en televisión. Eso fue un momento importantísimo para nosotros, y para mí, porque surgió la pregunta de si el audiovisual podía tener una incidencia a pequeña o a gran escala. La respuesta fue que, inicialmente, a pequeña escala porque por lo menos estábamos haciendo que los papás pudieran tener una percepción más positiva de sus hijos y no les pegaran. Fue un descubrimiento interesante porque entendimos que podíamos ampliar el impacto.


Con ese panorama, convocamos a niños, jóvenes y padres para hacer un seriado de 24 minutos. Las historias, la grabación y la edición la hacían los chicos. Esa serie se llama Historias Vitales. Sin embargo, queríamos algo más grande para la serie y dijimos: “No vale la pena transmitir el seriado solamente en el canal comunitario del barrio. Vamos a ponerlos en todos los canales comunitarios del país y también vamos a llegar a la televisión pública”.


Así que buscamos en el directorio el número de Canal Capital, llamamos y pedimos cita. No sabíamos quién era el director, ni nada de la burocracia del canal. Yo había tenido una experiencia con ellos antes de esa serie cuando hacíamos obras de teatro. Recuerdo una vez que dirigí una obra de niños en Ciudad Bolívar, y una de las gestiones que hice fue llamar a Canal Capital para que vinieran a grabar la obra en vivo.